El resplandor de Los Seis Soles recoge la “verdadera historia” del fantasma del Palacio Real: Cuándo y cómo esta misteriosa presencia contactó con la reina Doña Sofía. ¿Quién fue y qué pretendía el espíritu de la hermosa y desconsolada joven que se manifiesta en los jardines de Palacio cada primavera? Los Seis Soles descubre la aventura más fantástica de Don Juan Carlos y Doña Sofía: Su viaje al pasado utilizando la cábala mágica que compuso Carlos III con su colección de trajes y vestidos.
¡La historia jamás contada! De cómo Don Juan Carlos y Doña Sofía conjuraron el fantasma del pasado.
El libro, cuidadosamente ilustrado, incluye un estupendo
Juego de Recortables con las figuras de los Reyes de España y los trajes de época de la colección del rey Carlos.
PRÓLOGO de Carlos Luis Álvarez, CÁNDIDO.
ÍNDICE DE CAPÍTULOS:
- EL ARCÓN
- EL TALLER DE LA CALLE DE BORDADORES
- EL RESPLANDOR DE LOS SEIS SOLES
- EL MÓVIL
- ANABELLA
- RANCAPINO
- EL ANILLO REAL
- LA TEORÍA
- LOS PREPARATIVOS
- EL SUEÑO
- EL ÚLTIMO IMPULSO
- EL VIAJE
Amaneció el día claro. El sol se filtraba tras las cortinas atenuando la oscuridad de la estancia. La Reina apenas había dormido, se acostó tratando de desentrañar el misterio de aquel fragmento de papel que encontrara María, su secretaria, al organizar y clasificar la documentación hallada en un antiguo arcón de roble, en lo que todos en Palacio llaman el viejo almacén.
La camarera interrumpió sus pensamientos:
—Buenos días Majestad. —Descorría las gruesas cortinas del ventanal dejando que el sol se posara sobre la tarima e inundara de luz toda la estancia—. ¿Habéis dormido bien?
—Buenos días, Reina. —dijo el Rey, entrando en la habitación—. Tengo que contarte una historia realmente increíble. ¡Vas a alucinar!
...
Las palabras se iban diluyendo ante la energía de las imágenes que el hombre evocaba y la Reina y María, cautivadas por la sabiduría de Antunes y la fuerza de su oratoria, se sentían testigos de un pasado remoto que surgía como por ensalmo del fondo de los tiempos. Contemplaban la hermosa y grácil figura de la joven Anabella subiendo y bajando las angostas escaleras del que entonces era el Palacio de Reyes
...
Corría el mes de enero del año 1309 cuando el ilustre maestro sastre don Rodrigo Fuentibañez recibió en su taller de la calle de Bordadores la visita del Secretario Real don Jaime del Castillo. En esta ocasión venía acompañado de los Duques de Medina-Sidonia, por lo que el maestro Rodrigo supo de inmediato que el encargo era de la máxima importancia. Don Jaime le explicó con su voz atiplada, que contrastaba enormemente con la severidad de los ademanes y del traje que portaba, cómo el rey Fernando y la reina Catalina, en compañía de su hijo don Beltrán, heredero de la corona de Castilla y León, y de sus hijas, las Infantas Isabel y Beatriz, habían decidido asistir en mayo a las Justas de la Villa de Chinchón.
...
...—¡Por Dios canalla, que os lo haré pagar!
Atravesó la puerta el muchacho casi volando, de modo que por no pisar a don Rodrigo, que trataba de evitar que aquel loco enfurecido le desdentara de un puntapié.
—¡¡Padre!!
Hizo el joven tal cabriola que, esquivando al padre, se dio de bruces con la hija, golpeándola y lanzándola contra el suelo y iendo él a caer encima. Sintió ella que le habían roto las costillas, y tan dolorida e indignada estaba que golpeaba al atónito joven con la fuerza de un demonio.
—¡Maldito seáis, señor! ¡Maldito mil veces!
Él, por evitar los golpes y saber quién era la dama, que por la voz no conocía, se apartó como pudo, excusándose por su torpeza.
Del fondo de la escalera llegaban aún los ecos de don Camilo que, incluso ya sin perseguidor, bajaba los peldaños de tres en tres.
—Perdonadme, por Dios os lo pido, señora.
Cogió a la dama por el brazo, por que se sirviese de él para incorporarse, y justo de aquel modo se acercaron los rostros del uno al otro de tal manera que, viendo por primera vez su hermosura en aquel estado de excitación, enrojecida la cara y encendida la mirada, quedó tan embriagado de su belleza que no pudo evitar turbarse, y ya no atinó a decir palabra.
...
Rojo de ira, derribó la mesa con estruendo; platos y copas rodaron por el suelo con ruido de metales:
—¡¡Sastre!! ¡¿Qué burla es ésta?! ¡¡Maldito bellaco!! ¡¿Tornáis la belleza de Anabella por esta vieja bruja?!
La mujer, que no era vieja y conservaba su atractivo aún en la madurez, con las manos se cubrió el rostro y protegiose tras su marido.
—¡Te prevengo rufián! ¡No juegues con tu suerte, que maldita sea. Tan cierto como que hay Dios que, si no acaba la burla, has de probar el acero de mi daga! ¡¡Fuera!! ¡¡Pronto, marchaos de mi vista!!
—¡Tiempo! —interrumpió el Rey, colocando sus manos cual árbitro de baloncesto— A esta historia le queda todavía mucha tela que cortar. Yo le propongo, Sr. Antunes, que por hoy lo dejemos aquí. Y, por favor, Reina, vamos a cenar, ¡que me muero de hambre!
...
La teoría de María de que la colección de trajes del rey Carlos tenía el propósito mágico de servir de puente entre dos épocas resultaba tan inquietante como atractiva. Había trabajado intensamente con los manuscritos, recomponiendo el orden de los fragmentos hallados como si se tratara de un puzzle imposible. Con aquella información no podía definir cuál era la intención del rey Carlos, pero había varios elementos que le inducían a construir su teoría. Puesto que era una teoría que se basaba en su intuición, pero que en modo alguno podía sostener documentalmente, se había cuidado muy mucho de hablar de ello públicamente, y menos con don Ramón Morata. Le contó sus suposiciones, según las cuales, y si así fuera, habría un camino para llegar hasta Anabella. María contaba todo ello con escepticismo, pero sí creía que el rey Carlos estaba persuadido del poder mágico de la cábala formada por aquellos trajes y, por tanto, valía la pena intentarlo.
...
Le expliqué que no podía embarcar al Rey en aquello, al menos de momento; ya veríamos cómo se desarrollaban los acontecimientos.
—¿Por qué no dejas que Leticia nos ayude?
—¡No, claro que no! Ya se lo dije. Ellos son el futuro, y si esto trasciende, por nada del mundo quiero que tengan que ver con este disparate. No insistáis.
...
...al tratar de incorporarme tuve tal sensación de vértigo que en una décima de segundo supe que me había dormido y estaba mezclando sueño y realidad. Aún antes de abrir los ojos me quedé tan helada al sentir que los lloros no procedían del interior de la carpa sino de fuera, que quedé paralizada. Instintivamente supongo, cogí la linterna e iluminé la figura, aunque tan rápido como la encendí la apagué, dándome cuenta de mi error. Permanecía inmóvil, a oscuras, aterrada. Sujetaba la linterna con las dos manos delante de mí como si se tratara de un escudo. La silueta, que ya no dudaba que era la de Anabella, dejó de gemir y preguntó:
—¿Quién sois?
Yo, que no podía ni hablar ni moverme, sin embargo respondí:
—Soy la Reina.
...
Antes de comer subió al gabinete. Sabía que estaría sola.
—Hola ¿Qué tal estás?
—Bien, mejor.
He visto que despedías a Morata.
Sonrió:
—Si, estará fuera toda la semana.
—¿Has hablado con el Rey?
—Escucha María, no estoy muy convencida de seguir adelante. La situación de la otra noche me descompuso completamente. No me veo en otra igual.
Me cogió por los hombros:
—Nada será igual. Anteanoche soñabas, no estabas consciente. Podían ser sólo conjeturas, y de repente, te viste absorbida por una espiral de fantasía y realidad que te superó, que te cogió desprevenida. Pero ahora no, ahora hay un método, si el rey Carlos no se equivocaba llegaremos hasta ella.
—¡Pero María, no ves que es absurdo!
—No, no creo que lo sea, y me parece que tu tampoco lo piensas, si no, no estarías tan asustada.
Desde luego me conocía bien.
—Dime, ¿has hablado con el Rey?
...
Al salir, el Rey hizo toda clase de aspavientos y galanterías para demostrar su admiración. Él estaba tan fantástico que no me lo podía creer: parecía un traje hecho a la medida; como si fuera un personaje surgido de un cuadro de Goya. Empezábamos nuestro viaje con muy buen pie.
El Rey estiró su brazo ofreciéndomelo. Puse mi mano sobre su muñeca y salimos de la carpa. Por primera vez sentí el frío de la noche. El Rey me tranquilizó, posando su mano izquierda sobre la mía, pero yo no hacía más que mirar a todos lados temiendo darme de bruces con el fantasma. La oscuridad ahora me asustaba.
...
Donde hacía un momento estaba el estanque largo se abría el portón de una muralla no muy alta por la que entraron cuatro caballos tirando de una carroza. Todo a la luz de la luna. Quise irme, pero él no me dejó. Traté de quitarme la gola; estaba sudando muchísimo y sentía que me ahogaba. El rey me la quitó, cogió mi cara entre sus manos y me besó suavemente. Permanecimos así, quietos, observando cómo más allá alguien bajaba de la carroza y, rodeado por los maceros y sus antorchas, entraba en Palacio.
...
María estaba encantada. ¡No me lo podía creer! Se abrazó con Natalia como si estuviera en un estadio y acabaran de meter un gol. Y, ante mi asombro, colocaron unas tazas y con un termo las llenaron de café. Incluso el Rey cogió la primera taza y, levantando el dedo pulgar de su mano izquierda en señal de triunfo, acercó su taza reclamando un brindis. ¿Cómo podían ser tan insensatos? Aquello no era un juego.
...
Al otro lado de la mampara se oía el rodar de cacerolas, con lo cual supuse que tenían problemas con la armadura. Cuando estuve lista, me refiero con el traje y su toca colocados, porque lista no lo estaba en absoluto, María me dio la carta de Rancapino y me hizo entender que no la perdiera. Me miré en el espejo, me parecía a mi madre. Al salir casi me rompo la crisma con el traje. Tenía tanta tela la dichosa falda que era imposible no pisársela a cada paso. Lo peor, si me llego a caer, es que me habría llevado por delante los candelabros y, con las velas apagadas… ¿quedaríamos atrapados en aquel tiempo?